s谩bado, 12 de julio de 2025

馃敾 Reflexi贸n: 56 A帽os y un Mill贸n de Posibilidades.


 

馃敾 Reflexi贸n: 56 A帽os y un Mill贸n de Posibilidades.

Vale cada minuto del vuelo Santiago-Orlando, cada gota del calor h煤medo de la soleada Florida, cada fila agobiante bajo el sol que no da tregua. Porque al cruzar las puertas del Kennedy Space Center, algo dentro de uno cambia. No es solo un museo o un parque tem谩tico: es una especie de santuario moderno, un altar construido en honor a la curiosidad humana. Y ah铆 estaba yo, mirando hacia arriba como un ni帽o, con la boca entreabierta, sinti茅ndome peque帽o ante la magnitud de esos cohetes colosales, esas lanzaderas cicl贸peas que alguna vez rasgaron el cielo.

Hab铆a algo profundamente conmovedor en ver esas m谩quinas que antes solo habitaban libros, documentales o nuestras fantas铆as de infancia. Estaban ah铆, reales, desgastadas por el tiempo y por el fuego. Testigos de una 茅poca en que la humanidad os贸 levantar la vista y atreverse a salir de su cuna. Y es inevitable pensar: si hace apenas 56 a帽os pisamos la Luna por primera vez, ¿c贸mo no imaginar que hay civilizaciones que podr铆an haber iniciado ese camino hace no 56 a帽os, sino un mill贸n de a帽os?

El intervalo es casi rid铆culo. Un mill贸n frente a cincuenta y seis es como comparar un oc茅ano con una gota. En t茅rminos c贸smicos, nosotros acabamos de aprender a caminar. Apenas hemos salido del 煤tero de nuestro planeta, y ya so帽amos con otros mundos. ¿No es acaso arrogante pensar que estamos solos? ¿O incluso pensar que somos los primeros?

Esa pregunta no surge desde el escepticismo, sino desde la humildad. Porque, al ver esos cohetes, lo que uno siente no es poder, sino asombro. Lo que uno experimenta no es soberbia, sino reverencia. Porque esos artefactos, tan masivos y tan precisos, no son solo ingenier铆a: son s铆mbolos. Representan lo que Jung llamar铆a una “proyecci贸n de la totalidad”, un impulso del alma humana por conectar con lo otro, lo desconocido, lo que habita m谩s all谩 de las estrellas y tambi茅n m谩s all谩 de nosotros mismos.

Quiz谩s esa necesidad de explorar no sea solo cient铆fica, sino espiritual. Quiz谩s cada cohete lanzado al espacio es tambi茅n una plegaria. Una declaraci贸n silenciosa de que no nos conformamos con el aqu铆 y el ahora. Que estamos hechos, como escribi贸 Carl Sagan, “de materia estelar”, y que nuestro destino es, tarde o temprano, volver a las estrellas.

Entonces s铆. Vale la pena. Y se los recomiendo. Vale por la emoci贸n infantil, por la curiosidad adulta y por la posibilidad remota —pero absolutamente l贸gica— de que no estamos solos. Porque si apenas medio siglo nos llev贸 a la Luna, ¿qu茅 nos dice que no hay otros que nos lleven millones de a帽os de ventaja? Si el universo ha tenido tiempo de sobra para gestar vida y conciencia, ¿qui茅nes somos nosotros para pensar que acabamos de llegar y ya conocemos todas las respuestas?

Un abrazo.
Iv谩n


馃敾 Reflection: 56 Years and a Million Possibilities Every minute of the flight from Santiago to Orlando was worth it. Every drop of Florida’s humid heat, every exhausting line under the relentless sun. Because the moment you walk through the gates of the Kennedy Space Center, something inside you shifts. It’s not just a museum or a theme park — it’s a kind of modern sanctuary, an altar built in honor of human curiosity. And there I was, looking up like a child, mouth slightly open, feeling small before the magnitude of those colossal rockets, those cyclopean launchers that once tore through the sky. There was something deeply moving about seeing those machines — once confined to books, documentaries, and childhood fantasies — now there, real, worn by time and fire. Witnesses to an era when humanity dared to look up and step beyond its cradle. And it’s impossible not to think: if we first set foot on the Moon just 56 years ago, how can we not imagine that other civilizations might have started that journey not 56 years ago, but a million? The scale is almost absurd. A million compared to fifty-six is like comparing an ocean to a single drop. In cosmic terms, we’ve only just learned to walk. We’ve barely emerged from our planet’s womb, and we already dream of other worlds. Isn't it arrogant to believe we’re alone? Or even to think we’re the first? That question doesn’t come from skepticism, but from humility. Because when you see those rockets, what you feel isn’t power — it’s wonder. What you experience isn’t pride — it’s reverence. These machines, so massive and precise, aren’t just feats of engineering: they’re symbols. They represent what Jung would call a “projection of totality,” a drive of the human soul to connect with the Other, the Unknown — that which lies beyond the stars, and also beyond ourselves. Perhaps this need to explore isn’t just scientific — perhaps it’s spiritual. Maybe every rocket launched into space is also a kind of prayer. A silent declaration that we refuse to settle for the here and now. That we are made, as Carl Sagan once wrote, “of star stuff,” and that our destiny is, sooner or later, to return to the stars. So yes — it’s worth it. And I wholeheartedly recommend it. Worth it for the childlike awe, the adult curiosity, and the distant — but entirely logical — possibility that we are not alone. Because if just half a century took us to the Moon, what tells us there aren’t others out there who began their journey millions of years ago? If the universe has had more than enough time to give birth to life and consciousness, who are we to think we’ve only just arrived and already know all the answers?

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