Caso: Paula Alderete | Tres años de experiencias inexplicables
Nombre del testigo: Paula Alderete
Ciudad y País: Temuco, Chile
Fecha del incidente: Entre 1994 y 1996. Uno de los episodios fue registrado con mayor precisión el 18 de septiembre de 1996.
Hora aproximada: Los primeros episodios ocurrieron alrededor de las 3:00 a. m. El incidente del 18 de septiembre de 1996 ocurrió aproximadamente al mediodía.
Cantidad de Testigos: 2 (Paula Alderete y su madre, en el episodio del 18 de septiembre de 1996).
Dirección o Coordenadas: Calle Uruguay, sector cercano a la Universidad de La Frontera, Temuco, Región de La Araucanía, Chile.
Investigación por Iván Vega Recabal
A continuación, presentamos el testimonio de Paula Alderete, de Temuco, Chile, quien comparte una serie de experiencias que comenzaron durante su primera infancia, alrededor de 1994, cuando tenía apenas cuatro años, y que continuaron manifestándose a lo largo de los años siguientes.
Su relato nos traslada al sur de Chile y reconstruye recuerdos que permanecieron presentes desde la niñez hasta la vida adulta. La temprana edad de Paula al inicio de los hechos y la continuidad temporal de su experiencia hacen de este un testimonio que merece ser conocido directamente a través de sus propias palabras.
Ponte cómodo, porque aquí comienza un nuevo Testimonio OVNI.
Todo comenzó cuando yo tenía apenas cuatro años. Mi mamá recuerda que, durante una noche muy fría de invierno, cerca de las tres de la madrugada, me encontró despierta, mirando atentamente por la ventana. Al principio pudo parecerle una conducta aislada, una de esas situaciones extrañas que pueden ocurrir con un niño pequeño; sin embargo, la escena comenzó a repetirse varias veces por semana.
Preocupada, mi madre empezó a hacerme preguntas. Quería saber si tenía problemas para dormir, si estaba teniendo pesadillas o sueños que me inquietaban, o si existía alguna razón por la que no pudiera conciliar el sueño y permaneciera despierta a esas horas. Mi respuesta fue sencilla, pero seguramente inesperada para ella: le dije que estaba esperando a que vinieran “las luces”.
Mi madre es una persona bastante escéptica, por lo que inicialmente interpretó aquello como algo normal dentro de la imaginación infantil. Yo tenía cuatro años y, desde su perspectiva, podía tratarse simplemente de una fantasía propia de una niña.
Pero las noches siguieron pasando y la situación se mantuvo durante aproximadamente dos semanas. Mi madre continuaba encontrándome despierta y mirando hacia el exterior. Finalmente me reprendió, principalmente porque temía que pudiera enfermarme. Como mencionaba anteriormente, estábamos en pleno invierno y vivíamos en Temuco, una ciudad del sur de Chile donde durante esa época las temperaturas nocturnas pueden aproximarse fácilmente a los 0 °C.
Fue entonces cuando le expliqué algo que hizo que la situación adquiriera para ella un significado diferente. Le dije que, cada vez que ella comenzaba a despertarse, “las luces” que venían a verme se iban o se desvanecían.
Mi madre quedó bastante consternada con aquella explicación. Según recuerda, yo era una niña completamente normal y, además, en aquellos años —esto ocurrió alrededor de 1994— tampoco estaba particularmente expuesta a programas de televisión relacionados con ovnis, extraterrestres o fenómenos semejantes. Tampoco me desenvolvía entre personas que conversaran habitualmente sobre esos temas. Por esa razón, le resultaba difícil comprender de dónde provenían las ideas y descripciones que yo comenzaba a expresar.
La incertidumbre de mi madre aumentó cuando entré a prekínder. En los dibujos y trabajos que realizaba en el jardín infantil solía representar escenas bastante habituales para una niña de mi edad: una casa, un árbol, el cielo, el sol y mi propia figura. Sin embargo, había un elemento que se repetía y que llamaba particularmente la atención. Junto con esos paisajes infantiles, yo agregaba lo que describía como “platillos voladores” y también figuras de seres antropomorfos que aparecían acompañando el paisaje.
Aquellos elementos se hicieron tan frecuentes que la educadora de párvulos decidió llamar a mi mamá para comentarle lo que estaba observando en mis trabajos. Desde una perspectiva pedagógica, finalmente consideró que podía formar parte de una etapa normal del desarrollo infantil y relacionó aquellas figuras con la posibilidad de que tuviera amigos imaginarios.
Sin embargo, para mi madre el asunto no era tan fácil de olvidar, especialmente porque los dibujos coincidían con lo que yo venía diciéndole desde hacía algún tiempo acerca de aquellas “luces”.
También conservo recuerdos propios de esos años. Recuerdo, por ejemplo, haber estado viajando en el furgón camino a mi casa y haber visto algo que, desde mi percepción infantil y también desde la imagen que permanece actualmente en mi memoria, tenía la apariencia de un platillo volador. No sé si existiría un término más adecuado para describir aquella supuesta “nave”; simplemente esa es la forma que quedó registrada en mi mente y la manera más cercana que encuentro para explicar lo que recuerdo haber visto.
Tengo otro recuerdo ocurrido durante unas vacaciones en la playa, en 1996. Allí volví a observar objetos que asocié con aquellos que había visto anteriormente. De ese viaje incluso conservo una fotografía en la que aparezco en brazos de mi madre y en cuyo horizonte creo distinguir algo que podría parecerse a una nave pasando a la distancia. No afirmo que la fotografía permita demostrar qué era realmente aquel objeto, pero para mí resulta especialmente significativa porque pertenece precisamente al período en que estos episodios formaban parte recurrente de mi infancia.
En total, fueron aproximadamente tres años en los que este tema estuvo presente de una u otra manera.
Pero hubo un acontecimiento que marcó un antes y un después, porque aquella vez ya no fui solamente yo quien afirmó haber visto algo.
Ocurrió el 18 de septiembre de 1996. Era alrededor del mediodía y viajábamos en automóvil con mi madre por calle Uruguay, cerca de la Universidad de La Frontera, en Temuco. En determinado momento le pedí, con insistencia, que por favor detuviera el automóvil. Necesitaba que mirara hacia el cielo porque quería que comprobara por sí misma que los ovnis sí existían.
Mi mamá miró entonces por la ventana del automóvil, hacia el cielo y en dirección oeste.
Y esta vez ella también vio algo.
Según su propio recuerdo, observó un objeto con apariencia de platillo volador. Cuando habla de aquel momento, dice que uno de los aspectos que más le llamó la atención fue la altura a la que parecía desplazarse. Desde su perspectiva, se encontraba demasiado bajo para parecer un avión convencional, pero, al mismo tiempo —considerando que estábamos en Fiestas Patrias y que era habitual ver volantines—, parecía encontrarse demasiado alto para ser uno de ellos.
Mi madre también recuerda que el objeto daba la impresión de girar sobre un mismo eje. Además, parecía brillar desde distintos ángulos. Ella ha pensado que quizá la luz del Sol incidía sobre su superficie y producía aquel intenso efecto reflectante. En cualquier caso, lo importante para su recuerdo es que aquello que observó le resultó suficientemente extraño como para no poder identificarlo inmediatamente con algo cotidiano.
Después de aquel episodio continuamos nuestro camino hacia la casa de mis abuelos. Mi mamá quedó profundamente impactada, casi en estado de shock por lo que acababa de observar. Su reacción fue tan evidente que, cuando llegó uno de mis tíos, preguntó inmediatamente qué había sucedido.
La experiencia generó suficiente inquietud dentro de la familia como para que decidieran realizar una consulta. Según recuerda mi familia, llamaron a una base de la Fuerza Aérea para preguntar si alrededor del mediodía había algún avión o avioneta sobrevolando los cielos de Temuco. La respuesta que recibieron fue que no.
Ese dato no explica por sí mismo qué observamos aquel día, pero quedó incorporado al recuerdo familiar y aumentó todavía más las preguntas alrededor de lo ocurrido.
Durante muchos años, todos estos episodios permanecieron como recuerdos de mi infancia: las noches frente a la ventana, aquellas “luces” que yo decía esperar, los dibujos del jardín infantil, los objetos que recuerdo haber observado desde el furgón y durante las vacaciones, y finalmente aquel acontecimiento del 18 de septiembre de 1996 en el que mi madre también fue testigo de algo que no logró identificar.
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Derechos
de Autor: El presente testimonio está
protegido por derechos de autor y forma parte del material de investigación del
escritor e investigador Iván Vega Recabal. Su publicación completa será
incluida en su próximo libro. Queda prohibida su reproducción total o parcial
sin autorización.
© Todos los derechos reservados.
Witness Name: Paula Alderete
This testimony is protected by Copyright and
forms part of the research material of writer and investigator Iván
Vega Recabal. Its complete publication will be included in his upcoming
book. Any total or partial reproduction is prohibited without written
authorization.
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