lunes, 5 de enero de 2004

🔻 Caso: Nicolás de Neuquén | Un OVNI camuflado en la Tormenta




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Caso: Nicolás de Neuquén  | Un OVNI camuflado en la Tormenta


Nombre del testigo: Nicolás (Testigo solicitó resguardar su identidad)
Ciudad y País: Neuquén, Argentina
Fecha del incidente: Verano de 2004
Hora aproximada: Durante la tarde, hora exacta no especificada
Cantidad de Testigos: 1
Dirección o Coordenadas: No especificadas

Investigación por Iván Vega Recabal

Durante una tarde de verano de 2004, un joven argentino vivió una experiencia que, más de dos décadas después, continúa formando parte de sus recuerdos. El episodio ocurrió mientras se encontraba en la casa de su abuelo, en una jornada que hasta ese momento transcurría con absoluta normalidad.

El lugar era especialmente familiar, un amplio terreno con árboles frutales donde acostumbraba pasar parte de su tiempo y observar tranquilamente el entorno. Fue precisamente en ese escenario cotidiano donde comenzó una experiencia que terminaría acompañándolo durante muchos años y que solo tiempo después decidió compartir.

Ponte cómodo, porque aquí comienza un nuevo Testimonio OVNI.

Estaba una tarde de verano del año 2004 en casa de mi abuelo. Yo solía ir hasta el fondo del patio, un terreno bastante extenso que llegaba prácticamente hasta otra calle y que tendría alrededor de cien metros de profundidad. Allí teníamos diferentes árboles frutales, de distintas especies, y yo acostumbraba sentarme bajo la sombra de un árbol de granado, que da una fruta llamada granada, llena de pequeñas semillas rojas y dulces.

En aquel lugar también había unas piedras rectangulares, muy pesadas, dispuestas de una manera que formaban una especie de escalón. No era una construcción de cemento; las piedras se sostenían sobre la propia superficie del terreno, que descendía formando ese desnivel. Eran aproximadamente diez metros de piedras rectangulares, cada una de unos cincuenta o sesenta centímetros de largo y ancho.

Yo solía sentarme allí y pasar el tiempo imaginando cómo mejorar aquel terreno. Pensaba en plantar nuevos árboles frutales y en las distintas cosas que podría hacer en ese lugar. Era un sitio que conocía perfectamente y en el que había pasado mucho tiempo.

Aquella tarde, además, había algo que después resultaría importante para mí: el cielo estaba completamente celeste y despejado. No había nubes.

Habría permanecido sentado afuera unos diez minutos, más o menos, cuando ocurrió algo que inmediatamente llamó mi atención.

En menos de un minuto noté que se aproximaba una nube muy oscura, semejante a una nube de tormenta. De pronto estaba allí, aparentemente a menos de dos cuadras de distancia.

No sabría explicar con absoluta precisión a qué distancia se encontraba, porque calcular distancias en el cielo no es sencillo, pero estimo que serían aproximadamente unos doscientos metros. Esa estimación la relaciono con una experiencia que tuve durante mi infancia: había visto globos aerostáticos transportando personas a distancias parecidas y, algunas veces, cuando descendían, nosotros nos acercábamos a recibirlos.

Por eso aquella referencia quedó grabada en mi memoria y es la que utilizo para calcular, aunque sea aproximadamente, la distancia a la que se encontraba aquello que estaba observando.

Lo impresionante era precisamente eso: minutos antes no había nubes y, repentinamente, tenía aquella masa negra frente a mí.

Además, dentro de ella podían verse destellos y relámpagos.

Mi primera reacción fue completamente normal. Miré hacia el cielo y pensé:

—¡Se viene el agua!

Pero había algo extraño. No era todo el cielo el que se estaba cubriendo de nubes. Era solamente una parte muy concreta.

¿Cómo podría explicarlo?

Si miras hacia el cielo, levantas ambos brazos y extiendes las manos abiertas todo lo posible, acercándolas entre sí mientras mantienes los dedos extendidos, puedes hacerte una idea aproximada del tamaño aparente que tenía aquella nube desde mi posición. Quizás era un poco más grande, pero esa es la referencia visual que recuerdo.

La nube parecía cargada de electricidad.

En su interior se producían continuamente destellos semejantes a relámpagos, pero ninguno descendía hacia el suelo. Las descargas parecían desplazarse de un lado hacia otro dentro de la propia nube, como relámpagos internos que iluminaban momentáneamente distintas zonas de aquella masa oscura.

Estaba frente a algo que me parecía completamente increíble.

Fue entonces cuando comencé a analizar la situación con mayor atención.

“Una nube eléctrica”, pensé.

Presté atención al ambiente y traté de percibir la velocidad del viento. Sin embargo, noté que no había un viento que, al menos desde mi percepción, justificara una aproximación tan rápida.

Entonces surgió otra pregunta en mi cabeza:

¿Por qué había aparecido tan rápido?

Seguí observando.

También empecé a darme cuenta de que aquello no parecía una tormenta extensa. Era más bien una nube aislada, oscura y compacta. Incluso recuerdo que me causó cierta gracia y pensé:

—¿Esa es la tormenta?

Toda la situación era muy extraña. Mi mente intentaba encontrar una explicación lógica para lo que estaba sucediendo frente a mí. Hasta ese momento continuaba interpretándolo como un fenómeno meteorológico, porque era la explicación más inmediata que podía encontrar.

Pero entonces ocurrió algo que cambió completamente mi percepción del episodio.

Mientras observaba aquella formación, noté que la nube no parecía comportarse como una masa uniforme. Me daba la impresión de que estaba formada por un conjunto de nubes o segmentos que se movían de manera constante.

Y, en determinado momento, para mi enorme sorpresa, entre aquellas nubes alcancé a distinguir una parte que parecía metálica, como si perteneciera a una nave o a una enorme estructura sólida oculta en su interior.



Me quedé mirando.

A esa edad mi reacción fue decir algo parecido a:

—¡Wooo!

Y después me reí, casi por nervios o incredulidad, porque inmediatamente pensé que nadie iba a creerme.

Me dije a mí mismo:

—Estoy loco. Esto no puede ser posible.

Pero seguí observando.

La parte que alcancé a ver me pareció claramente metálica. No permaneció visible durante mucho tiempo, porque la misma nube volvió a cubrirla mientras todo aquel conjunto continuaba desplazándose sobre la cuadra en la que yo me encontraba.

Sin embargo, había algo que seguía desconcertándome.

Nunca llovió.

Y esa pregunta quedó dando vueltas en mi cabeza:

¿Cómo podía haber una nube negra, aparentemente cargada de rayos, tan próxima y amenazante, y no caer ni una sola gota de agua?

En ese momento me hice muchísimas preguntas. Continuaba analizando la situación e intentando convencerme de que podía tratarse de una tormenta eléctrica, pero cada vez me parecía más extraño. Para mí resultaba difícil comprender una tormenta aparentemente tan pequeña, aislada y repentina, especialmente después de haber visto el cielo completamente despejado y de no haber percibido un viento que explicara su rápida llegada.

Estaba totalmente descolocado.

Cuando alcancé a observar aquella parte metálica suspendida en el aire, también advertí otro detalle que permanece en mi memoria: no me pareció redonda ni tenía la clásica forma de “plato volador” que tantas veces había visto representada en películas o dibujos.

Lo que yo percibí fue diferente.

Me pareció una estructura enorme, una nave de grandes dimensiones cubierta por nubes y por aquellos extraños destellos eléctricos.

Eso es algo que, hasta el día de hoy, recuerdo con mucha claridad. La imagen quedó grabada en mi memoria y la experiencia fue impresionante.

Han pasado muchos años y todavía pienso en distintas explicaciones para aquello que ocurrió, pero casi nunca hablo del tema. La razón es sencilla: lo que vi, lo vi yo. Hasta donde sé, ninguna otra persona conocida por mí presenció aquella escena conmigo.

Además, debemos recordar que estábamos en 2004. Los teléfonos móviles de aquella época eran muy diferentes de los actuales. Muchos eran aquellos aparatos grandes y básicos que hoy algunas personas recuerdan como “celulares ladrillo”, y disponer de una cámara incorporada en el teléfono no era algo tan extendido como lo es actualmente. Yo, por supuesto, tampoco acostumbraba andar por el patio de mi abuelo llevando conmigo una cámara fotográfica de rollo.

Por eso no tengo fotografías.

No tengo videos.

Solo tengo el recuerdo de lo que observé aquella tarde.

En aquella época sí veía televisión. Había programas de dibujos animados y diferentes canales donde pasaban películas en las que, eventualmente, aparecían OVNIs representados con la clásica forma de un plato volador.

Pero aquello no se parecía a esas imágenes.

Lo que yo vi era, según mi percepción, una estructura enorme rodeada o cubierta por nubes. Si una persona no prestaba demasiada atención, probablemente habría pensado que simplemente estaba viendo una nube de tormenta.

Yo también lo pensé al principio.

Solo después de observarla durante más tiempo, de notar su comportamiento, los destellos que se producían en su interior y, finalmente, aquella superficie que interpreté como metálica, comencé a considerar que podía estar frente a algo completamente diferente.

Por eso, después de tantos años, la reflexión que me dejó aquella experiencia continúa siendo la misma:

No todo lo que ves necesariamente es lo que parece, y no toda explicación que consideramos evidente en un primer momento tiene que ser la definitiva.


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